Marzo 2006 | the_dreaming

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Pisa suave porque pisas mis sueños

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Estrellas fugaces

Ayer por la noche estaba fumándome un pitillo en la ventana (oh, qué raro...casi todas mis historias empiezan así :D) y de repente algo me hizo alzar la vista. Un reflejo, intuición, no sé. Pero levanté la vista y la vi, cruzando por delante de mí tan cerca que parecía que rozaba los tejados.

Al principio pensé que era un petardo porque nunca había visto una estrella fugaz tan cerca. Pero no hizo pum, y no le sucedieron más. Simplemente desapareció detrás de los tejados. Visto y no visto. Tres segundos en los que no da tiempo a cerrar la boca.

Y después sonreí. Porque la estrella fugaz me había elegido. Quería que yo la viera. Y no supe que decirle.

¿Pediste un deseo? me preguntaba alguien a quien le contaba el episodio mágico. Pues... no sé, sí creo que sí. No sé...fue todo tan rápido, la verdad. Es que no estaba mirando, y no esperaba ver una estrella fugaz TAN cerca, y menos desde aquí y...y...y...

...y resulta que al final sí debí hacerlo. Y esta noche aquí estaba, debajo de mi ventana, mi deseo, ese que se me escapó sin pensar (porque yo a las estrellas fugaces siempre les pido que me toque la primitiva. Me fallaron los reflejos).

Y yo en pijama y sin peinar, claro...

(suspiro de resignación)



Sólo ha sido ahora cuando he conectado los dos episodios mágicos. Estas cosas es probable que no me cambien la vida, pero desde luego hacen que sienta que merece la pena vivirla. Y me pintan una sonrisa para el resto del día. :)

07/03/2006 01:12 Autor: the_dreaming. #. Tema: Nuala Hay 13 comentarios.

El hombre que nunca leyó Moby Dick (I)

En el hangar todos sabían que Isidro, cuando volvía con el autocar vacío, solía recoger autoestopistas, fundamentalmente chicas jóvenes, lo que contravenía todas las normas de la empresa. Aun no le habían descubierto, pero era sólo cuestión de tiempo. Meses atrás habían despedido a un compañero tras multarle por detenerse en el arcén, mientras disfrutaba los servicios de una puta de carretera. Su amigo Luis se lo advirtió una vez más mientras estaban en los vestuarios.

-          Un día te pillarán. ¿Es que quieres que te echen? Tienes ya cincuenta y dos años. Piensa por lo menos en Carmen, joder.

-          Que no, hombre, que no me van a pescar.

-          Si quieres darte un revolcón, haz lo que todos. Busca un sitio discreto y para un rato. Nadie se va a meter contigo por un retraso de media hora.

-          Bah, tú que sabrás...

 

Isidro subió sofocado las escaleras de los dos pisos hasta su casa, sintiendo que los años no pasaban en balde. Abrió la puerta y vio desde la entrada el extenso perfil de su mujer, de espaldas en el fregadero. Saludó, colgó en la percha el anorak y cambió las botas por unas zapatillas de felpa antes de pasar a la cocina. Carmen se volvió cuando él destapaba la cazuela:

-          ¿Qué tal el viaje?

-          Bien. Nada que contar. Aburrido, como siempre...

-          ¿Y cuándo tienes el próximo?

-          Esta noche.

-          ¿Cuándo vas a dejar el servicio nocturno? Ya no tienes edad.

-          No empecemos otra vez... Ya sabes que hay muchos gastos.

-          Nos apañaremos. No necesitamos que salgas por ahí por las noches, a romperte la crisma en cualquier carretera.

 

Era la discusión de siempre. A Isidro le habían ofrecido un colegio y una fábrica, en lugar de los viajes nocturnos, pero estos tenían un plus que venía bien para pagar los estudios de lo chicos. Además, le gustaban esos viajes, cuando regresaba con el autocar vacío y recogía muchachas que hacían autoestop. Una o dos veces a la semana, llevaba a cabo sus fantasías, que le devolvían un placer infinito. Más de lo que nadie hubiera podido sospechar.

-          ¿Vienen los chicos a comer?

-          No creo. Manu tiene prácticas en el instituto hoy y Ángela se queda estudiando en la universidad. Andan de exámenes.

-          ¿Y estudian?

-          Parece que sí.

-          Eso es lo que hace falta. Que no se vean como su padre.

 

Mientras iba al baño, pensaba que quizá Carmen y Luis llevasen razón. No tenía edad para ciertas cosas y además su conducta acarreaba cierto peligro. Incluso perder el trabajo era leve, en relación con otros riesgos. Bajo el agua, se quitó el sudor propio y el olor ajeno. Como siempre, notaba en la ducha, el cansancio de noche en vela. Tomaría algo y se metería en la cama hasta las tres, a tiempo de comer con su mujer.

-          ¿Y dónde vas?

-          A Sevilla. Paquetería de jubilados. Los recojo el viernes.

-          ¿Así que vuelves mañana?

-          Sí. ¿Me pasas la sal?

-          Tomas demasiada sal y duermes poco.

-          Bueno, de algo hay que morir, ¿no? Hay peores trabajos.

 

Paquetería. En la empresa llamaban así a tomar un grupo, dejarlo en destino y volver de vacío. La nocturnidad añadía un plus al kilometraje. Ya no hacía salidas de varios días. Aunque esos viajes dejaban algún dinero en dietas, en realidad se iba lo comido por lo servido. Antes dormía en pensiones de mala muerte para ahorrar unos duros, pero ya no tenía edad para soportar camas con chinches. Los compañeros no entendían por qué solicitaba servicios de este tipo.

-          En los viajes de acompañante al menos recibes propinas.

-          Y además siempre puedes ligar con una extranjera. Ja, ja.

-          A mí me gusta viajar solo, y no estoy interesado en ligues.

-          Ya, pero recoges chicas de paquete. A ver si un día cuentas...

-          Bah. No entendéis nada.

 

Su perversión tenía origen en un viaje escolar, tres horas de ida, otras tantas de vuelta. Con chicas de doce o trece años, con falditas hasta la rodilla y calcetines hasta las corvas. Las profesoras pusieron en el vídeo Moby Dick. Cuando las niñas comprobaron el formato en blanco y negro, los diálogos densos y la ausencia de héroes jóvenes, se desentendieron de la pantalla. Todas, salvo la rubita pecosa, que en la fila de pasillo siguió la película con interés. Por encima del alboroto de sus compañeras.

-          Puaj, una película en blanco y negro...

-          El de la barba es el tatarabuelo de Tom Cruise. Ja, ja...

-          Yo quiero ver tíos en bolas.

-          ¿Quién ha sido la descarada? Marta, ¿has sido tú...?

-          ¿Ve como la tiene tomada conmigo? Yo no he dicho nada.

 

Tantos años en carretera le hacían notar el paso del tiempo. Las niñas, sobre todo las de colegios de monjas, eran unas pervertidas. Nunca antes se habrían movido en los asientos dejando a la vista sus braguitas, por ejemplo. El viaje fue una tortura. No sólo por la conversación obscena de las dos del asiento de atrás, que aprovechaban la ausencia de sus maestras para hacerse confesiones indecentes, sino por el poco recato de casi todas al mostrar sus piernas, sentadas, tumbadas o de rodillas en los asientos. Las cosas por la ciudad debieron constituir un suplicio para las maestras porque éstas, a la vuelta, tomaron una decisión drástica:

-          Sentadas por orden alfabético. Y sin rechistar.

-          La que hable irá el lunes a ver a la madre directora.

-          Y el lunes entregáis un resumen de la película.

-          Jooo...

-          Con un retrato psicológico de los tres protagonistas.

 

Se puso de nuevo Moby Dick. Calmado el rebaño por el cansancio, sin la distracción obscena de piernas semiabiertas, Isidro se interesó a mitad de película por la historia, más contada para la radio que para el cine. Las maestras mantuvieron a las niñas sentadas y sin vocear. Al llegar al colegio, a las diez, la película había acabado y las alumnas dormitaban en sus butacas. Si antes había costado que estuvieran quietas, ahora el trabajo era despertarlas.

-          Niñas, hemos llegado. Despertad a las dormilonas.

-          Vaya día más mierda. Encima, la ciudad era una porquería.

-          No olvidéis nada en los asientos. Y que quede todo limpio.

-          Vaya rollo de peli. Profe, ¿nos perdona el resumen?

-          Ni hablar. Y ya hablaremos el lunes.

 

(continuará) 

11/03/2006 03:39 Autor: the_dreaming. #. Tema: Nuala Hay 3 comentarios.

El hombre que nunca leyó Moby Dick (II y final)

La cinta quedó en el aparato. Isidro se dio cuenta en la cochera, al hacer la limpieza. Estuvo a punto de dejarla en la oficina pero se la llevó a casa. No la vio hasta el domingo por la tarde, sólo a medias, pero quedó cautivado por el argumento. Y la dejó en el salón, para verla el siguiente fin de semana. Decidió quedársela, único pecado venial en veinte años de trabajo. Se la puso el sábado desde el principio y se emocionó cuando acabó. Fue al baño para que ni Carmen ni los chicos le vieran llorar. Recordó a la chica rubita y pecosa, pegada en su asiento, ajena a la algarabía de sus compañeras.

-          ¿Alguien ha sacado esta película del videoclub?

-          No, no. Es mía. Menos mal que no la has llevado.

-          ¿Y de qué va?

-          Es la historia de una ballena. De una ballena blanca.

-          ¿Es buena?

-          Psché...

 

Desde entonces, si volvía solo de viaje, colocaba la película en el vídeo, para escuchar los diálogos. Dejó de oír la radio y acabó por aprenderse de memoria muchos fragmentos. Cuando tenía que esperar en el punto de destino, se colocaba la cinta y la veía, una y otra vez. A él también le habría gustado ser marino, esa clase de marino raso que contaba la historia. Se aficionó a pasear a la orilla del mar, en los viajes a ciudades costeras, y a visitar algunas tabernas del puerto. Un día se enteró por una pasajera que esa historia era parte de otra más rica.

-          ¿Un libro? ¿Así que esta película está contada en un libro?

-          Así es. Su autor es Herman Melville...

-          ¿Y cree usted que puedo encontrarlo fácil?

-          En cualquier librería un poco grande.

-          Muchas gracias. ¿Me puede apuntar el nombre del autor?

 

Compró el libro una semana más tarde. Salió de la tienda excitado soñando con leerlo, pero el sábado llegó la decepción. Sintió que la historia era más densa que la película. Nunca había leido un libro y contenía palabras que no entendía. Desde la primera: Albores. Además, era fatigoso seguir la escritura menuda, las descripciones. Por eso, lloró, pero esa vez de rabia. En el baño, para que ni Carmen ni los chicos le vieran. El domingo preguntó en la mesa.

-          Manu, ¿tú has leido Moby Dick?

-          No. ¿Es de una ballena, no?

-          Sí, de una ballena blanca. Y tú, Angela, ¿la has leido?

-          No, viejo, tampoco. Tengo mucho que estudiar y no me queda tiempo. ¿Por qué?

-          No, por nada. Era sólo una pregunta.

 

A Isidro le gusta sentirse en su autocar como un capitán de barco, navegando procelosos mares de alquitrán. Si va solo, recoge autoestopistas, sobre todo chicas, que le recuerdan la niña rubita que miraba embelesada la pantalla. Lástima que Carmen no pueda hacer lo que le hacen esas chicas, a veces también chicos. Está mayor para aprender, y mira que la quiere, pese a todo. A Ángela, claro, le daría vergüenza pedírselo, tan ocupada como está con sus cosas. Alguna vez lo ha pensado en casa, cuando estaban a solas, pero no se ha atrevido.

-          Ángela...

-          ¿Sí?

-          Esto... Nada. En realidad, estaba pensando en otra cosa.

-          Te estás haciendo viejo, papi.

-          Ya, ya lo sé, hija.

 

Durante semanas, libro y cinta viajaron en el armario del salpicadero. Cuando había oportunidad, Isidro escuchaba la película, ahora frustrado por saber que había una historia más completa y redonda, que él no podía comprender del todo. A veces, cuando esperaba a los turistas, tomaba el libro, lo comenzaba por sitios diferentes y se dolía por no comprender sin dificultad esa lectura engorrosa. En una ocasión que dejó el libro a la vista, una guía con acento inglés le preguntó:

-          Ah, está leyendo Moby Dick.

-          Sí, señora. Una buena novela.

-          Ya lo creo. Hay una versión de cine que no está nada mal.

-          Bah. Es mucho mejor el libro. Tiene más detalle.

-          Suele ocurrir.

 

Hay ocasiones en que la vida ofrece posibilidades luminosas. Deben darse muchas circunstancias juntas. Por ejemplo, que el libro estuviera fuera del armarito. Que la guía no acompañase ese momento a los turistas, mientras éstos almorzaban. Que Isidro estuviera al lado del mar y se sintiera en ese momento tan temerario como Gregory Peck. Que lloviera y que el autocar fuera un lugar confortable. Él se atrevió:

-          ¿A usted le importaría leerme en voz alta el primer capítulo?

-          ¿Yo?

-          Sí, por favor tiene una voz bonita.

-          Bueno... No sé si le gustará. Tengo un acento horrible.

-          Creo que es adecuado para los personajes, ¿no?

-          Está bien: “Llamadme Ismael. Hace algunos años, encontrándome con muy poco a ningún dinero en el bolsillo y sin nada de particular en tierra que tuviera interés para mí, se me ocurrió ponerme a navegar...”

 

Leído ese primer comentario, Isidro entendió el alma de Ismael, mientras fregaba el barco, trepaba los aparejos o contemplaba la fiera lucha del capitán Ajab. Bajó con lágrimas en los ojos y fue al restaurante en que comían sus pasajeros. Entró en el servicio y se cerró con el pestillo. Lloró al evocar una frase: “¿Quién no es esclavo?”. Desde entonces, se emocionaba al descubrir hábitos perdidos en la noche del tiempo, que traían rutinas de cuando era niño. Hábitos a que hacía referencia en casa o ante sus colegas.

-          Antes de bombillas se utilizaban candiles de grasa de ballena.

-          El siglo pasado sí que los viajes eran largos. Uno salía en barco y podía estar tres años fuera de casa.

-          ¿Os imagináis, si esto es un hueso de pollo, cómo debe ser un hueso de ballena?

-          Jo, papi, qué pesadito te pones a veces.

-          Ah, perdona, hija.

-          Pero eres un cielo...

 

Los compañeros de Isidro le han advertido que resulta peligroso recoger autoestopistas. Su mujer piensa que no tiene edad para hacer servicios nocturnos. El encargado no entiende cómo le gusta el servicio de paquetería. Pero a él le gusta volver solo y, en ocasiones, recoger a personas, sobre todo a chicas que hacen autoestop. Alimenta con ellas sus perversiones secretas.

-          ¿Me lleva?

-          Claro, suba. Buenas noches.

-          Uf, menos mal. Se está haciendo de noche.

-          Pase al segundo asiento y eche la cortina. Así no la verán. Tardaremos tres horas en llegar.

 

En la penumbra, procura dar conversación durante los primeros minutos. Sabe así si el timbre de la voz es agradable y si la chica ha estudiado o no, si está muy cansada y si tiene necesidad de dormir. Si está cansada, coloca la cinta y reduce el brillo del televisor, dejando una voz tenue, como si fuera la radio. Si no es así, se atreve a hacer una petición insólita:

-          Por favor, ¿puede usted leerme un rato?

-          ¿Cómo dice?

-          Delante de usted, en el bolsillo del asiento, hay un libro. ¿Puede abrirlo por la marca y leerme algunas páginas?

-          Eh...Sí, ¿por qué no?

-          Puede encender la luz que hay encima. Muchas gracias.

 

Algunas chicas piensan que el libro contiene algo distinto de lo que indica la tapa. Se asustan y dicen estar muy cansadas. Isidro en estos casos no suele insistir, aunque le molesta que sus pasajeras piensen lo que no es. Pero la mayoría lo abre, busca la marca, comienza a leer y disfruta con él dos, cuatro u ocho páginas.

 

Dependiendo de la duración del viaje.

Ricardo Gómez

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 Este relato del profesor madrileño Ricardo Gómez, resultó galardonado con el primer premio de la cuadrágesima sexta edición del concurso de cuentos Gabriel Miró, organizado por la Caja de Ahorros del Mediterráneo.

Lo publicaron en Ababol, el suplemento de cultura del diario La Verdad, el viernes 15 de junio de 2001. Tengo una fotocopia ampliada de este cuento. Un día A. la trajo a casa del instituto, entusiasmado  y  me la hizo leer. La conservo desde entonces. Como muchas otras cosas.

 

Pero bah, tú que sabrás...

 

 

13/03/2006 12:01 Autor: the_dreaming. #. Tema: Nuala Hay 8 comentarios.

Latitud

Pura vida, dicen en Ecuador.
Puta vida, decimos en España.

Una consonante a veces marca la diferencia.

O a lo mejor es sólo cuestión de cambiar de latitud.

(latitud= latido + actitud)

 

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Hoy, autocita.

Releyendo cosas, encuentro este comentario que hice hace mucho tiempo. Como siempre que releo algo que escribo o escucho una grabación de mi voz, no me reconozco. Y me pregunto quién es esa persona que piensa y escribe estas cosas.

Leo y comento en muchos sitios. Lo que escribo allí suele ser lo primero que se me ocurre al leer el post. No le doy más vueltas. Y con el tiempo olvido qué he dicho.

Al contrario que con mis dibujos, no guardo ninguno de mis comentarios. Siempre digo que son pompas de jabón, un regalo que desaparecerá -puf- en unos meses cuando el sistema de comentarios lo elimine. Y eso me gusta. Lo mejor que puedo escribir (que tampoco es que sea mucho), lo escribí con humo, entre calada y calada, hace mucho tiempo. Ya no existe y no lo encontraréis aquí, ni allí, ni allá.

Hoy guardo este, con el mismo espíritu con que prensamos una flor en un libro. Para no olvidar el ramo. 

13/03/2006 19:13 Autor: the_dreaming. #. Tema: Nuala Hay 13 comentarios.

Gripes

¿Gripe del pollo?


A mí, lo que me preocupa es la gripe del gallina:

la cobardía es la peor y más contagiosa de las pandemias.

Menos mal que estoy vacunada y curada de espantos.

15/03/2006 14:09 Autor: the_dreaming. #. Tema: Nuala Hay 15 comentarios.

Espíritu

Se me estaba ocurriendo que el espíritu humano es una cosa estupenda. Es lo que hace que a pesar de los contratiempos, sigamos adelante sin más razón. Cuando las voces absurdas son sólo recuerdos desdibujados, una voz interna nos sigue diciendo "yo quiero."

Saludos 

18/03/2006 17:38 Autor: the_dreaming. #. Tema: bacterio Hay 5 comentarios.


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